martes, 4 de marzo de 2008

Volver...



(...)
Volver,
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir,
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras te busca y te nombra.
Vivir,
con el alma aferrada a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.
(...)


Autor: Alfredo Le Pera




miércoles, 30 de enero de 2008

Detenerse. A veces es irremediable…


Promediando Diciembre todo comienza a detenerse. Quieras o no. Hay que dejar todo lo que estabas haciendo. No importa cuánto entusiasmo estuviera en juego. Marzo será el mes ideal para retomarlo. Por qué esperar casi tres meses?! Costumbre infantil tal vez, ligada al ritmo académico...

En ocasiones, aquellos que deben trabajar intensamente durante el verano, sienten la necesidad de un esfuerzo extra para soportar trabajar mientras “todos se divierten” (noten la estructura de fantasía que grita en esa frase!)

En fin, parece ser que esta alienación cultural alcanza los estratos más recónditos, por ejemplo: mi blog. Hay personas que escriben preguntándome si el blog está cerrado o abandonado. No! nada de eso, es que es época estival y no he logrado sortear el suspenso que se impone.

De modo que estas líneas son simplemente para transformar en palabras escritas esta duda que me aqueja acerca de este fenómeno veraniego. Pero también para agradecer la enorme cantidad de comentarios que he recibido en este último tiempo.
Los iré respondiendo, a medida que Marzo se aproxime.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Dos pájaros de un tiro: una entre miles de miradas.

Un psicoanalista en un recital no puede evitar analizar qué está sucediendo allí y qué hace él en ese lugar. Tres o cuatros instantes. Luego canta, salta, grita y transpira como cualquier “cristiano” (¿?!!)

La música y la poesía se daban cita en dos de sus grandes representantes. No precisamente en la cuna de la intelectualidad, sino más bien en uno de los escenarios más populares de nuestra ciudad. Últimamente reacondicionado por algún pro. Entonces, no sólo Serrat y Sabina sino también cultura y popularidad.

La bombonera, curiosamente habitada por una multitud de personas que probablemente se precie por la diferencia, el criterio y un estilo tal vez más intelectual, se vio homogeneizada en sus puntos más extremos. Señores apilonados como muchachotes y señoras se dejaban arrastrar por la marea humana, embadurnada en un cálido y húmedo sopor de los cuerpos. Así miles de personas se deleitaban en una fiesta de música y poesía, con gratos condimentos populares. A los saltos, haciendo honor a las palabras que tarareaban:

Más de cien palabras, más de cien motivos
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.
“Mas de cien mentiras”. J.Sabina

O También:

Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano
bailan y se dan la mano sin importarles la facha.
por una noche se olvido que cada uno es cada cual.
“Fiesta”. J. M. Serrat

Así, un Serrat más desinhibido por la compañía y un Sabina seductor y admirador de su maestro, se complacían y nos complacían en el escenario con una exuberancia de música y humorística ironía. Digna de ser vivida.

Eso sí, con un comienzo y un final. Uno solo, no tantos!!! Terminaba y volvía a concluir y volvía a comenzar y volvía a concluir… Tal vez para los amantes de la finitud, se nos hizo algo interminable. Sobre todo para quienes elegimos disfrutar esa fiesta de la música desde la costumbre popular de estar cuerpo a cuerpo con otros; habiendo perdido un tanto la práctica y un poco la salud también.
Matando dos pájaros de un tiro, recordando hábitos de juventud en la sucesión de recitales, allá por los años ’90. Pero con la mirada de hoy.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Los Grupos de Estudio

Quizás uno de los rasgos distintivos de nuestra profesión. A mis queridos lectores de otras moradas, puedo contarles que los analistas tenemos una conciencia cruda de la falta que opera en nosotros. Sabemos que no se accede a un saber absoluto y más aún, que el saber universitario es inerte y sin consecuencias. Una vez adquirido hay que ponerlo a trabajar, cual si fuera una piedra en bruto de la que podríamos partir para construir nuestra escultura, que sin duda necesitará también de otros materiales.
La transferencia (en criollo: afinidad, suposición de algún saber a ese otro que nos pueda aportar algo) nos une con sutiles vectores que hilvanan pequeños grupos con citas mensuales, quincenales, los primeros y cuartos martes, los terceros y quintos jueves, los miércoles pares, pero los impares no; en fin somos gente complicada para eso. Para qué negarlo.
La cuestión es que hay una regularidad de encuentro con un tema en común que -como diría alguien con quien aprendo- tira del hilo y lleva el grupo adelante. Hasta que no tira más.

Hasta aquí, una traducción simple podría ser: “se juntan a estudiar, qué hay de interesante en ello?”. Supongo que si esos espacios han convocado mi escritura significarán algo más.

El camino del analista es tan solitario como social. La soledad del consultorio puede ser tan triste como placentera, pero sin duda necesaria. Lo que emana de ese trabajo es lo que tiende la cuerda a los otros.

Cuando digo camino, imagino una ruta. Muy larga. Esas que uno mira al horizonte y todo concluye en un punto. Recta, con campo alrededor, a veces también ciudades o pequeños pueblos. Sinuosa, en llanuras y precipicios. Soleada, estrellada, lluviosa, nublada, a veces muy nublada. Largos kilómetros permiten todo eso y más.
Una ruta extensa que une dos lugares muy distintos, pasando por muchos pequeños otros. Distintos pero unidos por el recorrido.
Sobre ella, un auto. Al comienzo con algunos amigos. Seguimos meticulosamente los carteles, por ahora podría ser peligroso aventurarse. Algunos kilómetros más adelante paramos a tomar un café, uno de los amigos me presenta a otro que conoce el camino, que a su vez está con otros que lo acompañan. Intercambiamos compañía y el auto se renueva. Seguimos camino hasta la próxima parada, donde ocurre algo parecido. Para esa altura ya conozco parte del camino y tal vez puedo guiar a otros y dejarme guiar también. Tal vez los carteles indicativos no me resultan tan relevantes como las palabras de quienes que me acompañan en el auto. Sin darnos cuenta, cada parada es resultado del camino recorrido que a su vez es resultado de las palabras que compartíamos mientras andábamos y no pensábamos tanto adónde íbamos sino en dejarnos llevar.
Los trechos de compañía encuentran su intervalo en tramos solitarios, que a su vez son sucedidos por otros de reunión que son fruto de la travesía en soledad y con otros. Cada tanto paramos, si hay mucha niebla, más aún. Cada detención es una escansión en el tiempo que cambia el orden de las cosas y relanza el camino. Es interesante porque a lo largo del recorrido uno se vuelve a encontrar con viejos amigos, conocidos, antiguos compañeros, otros conductores, que a su vez traen nuevas compañías y sendas distintas, fruto de otros itinerarios. Y lo mejor de todo es que en este camino, a diferencia de otros, uno puede ir en varios autos a la vez.

miércoles, 17 de octubre de 2007

El analista, angustia, muerte y escritura

Qué hacemos los analistas con las cosas que nos suceden no es tema nuevo en este espacio, más bien ha sido y continúa siendo su espíritu primigenio.
Por ello y continuando la escritura de la tristeza sigo pensando en los lazos que unen al analista, su angustia y la escritura.

Cada vez que nos preguntamos qué hacer con el sufrimiento del analista estamos hablando de la persona. El analista es un efecto, la persona puede ser su soporte, con todo lo que ello implica. Incluida la angustia, el miedo, la frustración y por qué no también alegría y satisfacción. Todo ello habita al sujeto.

Supongo que sin saber, al decir “escribo sobre lo que nos sucede a los psicoanalistas” me refería más bien a las dificultades, los desaciertos, las incertidumbres y solo cada tanto a las satisfacciones. Probablemente allí esté la clave para entender el título (La Palabra Mata la Cosa). Cuando pueda descubrirlo, prometo compartirlo.
Quienes han transitado la escritura acordarán conmigo en que son los momentos de tristeza los que convocan especialmente a la escritura e imprevistamente los que dan origen a los escritos más preciados.

La Ceguera de Borges es una de las oportunidades en las que asegura su certeza acerca de su destino literario. Aquellas cosas que le sucederían se transformarían en palabras, sobre todo las malas. Simplemente porque la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin[1].
Primo Levi en Entrevista a sí mismo da fe de la simpleza de las palabras del genio literario y dice: “… si no hubiera vivido la estación de Auschwitz, probablemente nunca hubiera escrito nada. No habría tenido motivo…”[2]
La falta es motor y propósito. Es aquello que invita a ser transformado, elaborado, escrito. La escritura, como otras artes que por ahora no domino y por lo tanto solo puedo hablar de escritura, es un modo de transformar la angustia. No para que cese exactamente, sino para que no sea solo eso, angustia.

La muerte al comienzo es sólo angustia. Vacío en exceso. Tan doloroso que desafía con la propia muerte. Y sólo le es dado a conocer su rostro a aquellos que han tenido que enfrentarla. En carne propia o en la de un hijo, que sería prácticamente lo mismo.

Como un compás los días van pasando y con ellos la muerte se va hilvanando como parte de la vida. Sutilmente toma forma de un recuerdo entre tantos otros que habitan la memoria y por lo tanto la vida de cada cual, aunque todavía quema.
La muerte convertida en recuerdo permite moldear sus filos con palabras habladas y escritas, en el mejor de los casos. Increíblemente redondea sus bordes y adquiere una forma mas suave y tolerable. La aspereza del recuerdo arropa el agujero incalculable y la viste de eterna compañera.

Si la vida es sueño porque no también la muerte.


[1] Borges, J. L. Siete Noches. La Ceguera. Emece
[2] Primo Levi. Entrevista a si mismo. Leviatán

Foto: Valle de la Muerte · USA
En diciembre de 1849
, dos grupos procedentes del condado de Gold (USA) se encontraron en el Valle de la Muerte tras perderse de su camino. El grupo de pioneros fue incapaz de encontrar una salida del valle durante varias semanas y se vieron obligados a comer algunas de sus reses para sobrevivir. Encontraron agua fresca en algunas fuentes de la zona y utilizaron la madera de sus carros para cocinar.
Tras abandonar sus carros, el grupo fue capaz de encontrar una salida del valle. Justo en el momento de abandonarlo, una de las mujeres del grupo se giró y dijo: “Adiós, valle de la muerte”, dando al valle el nombre que aún conserva. Curiosamente, sólo uno de los miembros de la expedición falleció en el Valle de la Muerte; se trataba de un anciano.

viernes, 14 de septiembre de 2007

La tristeza también es parte

La vida del psicoanalista es mi tema, al menos para este blog. Un tono humorístico para ello es mi modo. En esta oportunidad, no será posible.
El analista no siente cariño por sus pacientes, no fantasea con el futuro de ellos, no sufre por ellos. La persona que lo aloja, en ocasiones, sí.
Se es analista sólo en aquellos momentos en los que la palabra opera sobre el discurso del sujeto (paciente) produciendo algún efecto, que sólo se sabe a posteriori. En todos los demás momentos se es persona, y nada más.
Los pacientes cuentan sus angustias, sus dificultades, hablan, se lastiman y a veces tampoco pueden hablar y también abandonan sus tratamientos. Cuando eso sucede, a la persona – analista sólo le queda aceptarlo y anhelar que encuentre la solución a sus problemas más adelante, retomando con uno o con algún colega que pueda ayudarlo. Contrariamente a lo que suponen los pacientes, los analistas solemos recordar bien a nuestros ex pacientes y en ocasiones nos preguntamos qué será de la vida de ellos. Nos alegra saber si algún colega los ha recibido, o encontrarnos con alguna noticia pública que nos cuente cómo ha continuado su historia. Digamos que tenemos nuestro sutil “cholulismo” profesional, sano, sin consecuencias.
Ahora bien, cuando las noticias no son buenas, también puede embargarnos la pena, la preocupación. A pesar de que no hay nada que podamos hacer. Si la noticia es la peor que pudiéramos recibir, la única irreversible, la menos esperada: la muerte de un joven ex paciente. La tristeza es irremediable, dura, punzante, negra. Sin palabras como la misma muerte lo es. Un vacío tan vacío que resulta inasible.
Un dolor difícil de describir. No era un familiar, no era un amigo, ni siquiera un conocido. En este caso alguien que pidió ayuda hace algún tiempo y luego no pudo aceptarla más y se alejó. Para siempre.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Apostar. Tiempo del Deseo. Autor: Hugo Levín.

Editorial Catálogos. Año 2007

Persiguiendo el hilo de los verbos, no por casualidad, escribo sobre Apostar. Campo en el que “intentar” resultaría una suerte de apuesta a medias. En el caso de que “apostar a medias” fuera posible. Creo entender que para Hugo Levin no lo es.

Apostar en el título fue una grata invitación a aventurar que los veintitres pesos que pagaría, multiplicarían su valor en los contenidos que hallaría al recorrer sus páginas. No me equivoqué.

Con un discurrir de frases simples, el autor opone apuesta a certeza, y asegura que donde no hay apuesta, hay certeza.
Antes de ello, anuncia que la escritura es un modo de dar testimonio, en el que se produce un destiempo. Si en la transmisión oral hay coincidencia de momentos, la escritura introduce tiempos desencontrados en los que se producen efectos, también de transmisión. Qué sería este escrito sino exactamente uno de esos efectos.

Se sumerge en la temporalidad de la clínica psicoanalítica. En todo acto como apuesta hay una temporalidad, que en el instante del acto se convierte en precipitación, la urgencia por concluir.

Siguen a la temporalidad, apuestas y deseo del analista. El no saber es la estructura básica de la apuesta. Ese es el punto de partida que le permite afirmar que donde falte el no saber, sería esperable encontrarse con cierto saber, que no puede ser otra cosa que certeza; y que como tal imposibilitaría cualquier apuesta.
Más tarde, al ocuparse del lugar del analista en esta encrucijada apuesta – certeza, aporta una definición de analista tan interesante como sencilla: “…no es él quien juega sino el que hace que juegue el otro…”