jueves, 17 de diciembre de 2009

Analista y algo más.

Rubén había mudado su consultorio a una parte de su propia casa. La economía se hacía cada vez más escueta y el cambio le permitía tener menos gastos y más horarios para sus pacientes.

Era viernes, hacía mucho calor, las clases habían terminado. Rubén escuchaba los desencuentros de Pablo con su esposa, las peleas, los tirones en la relación como padres, las desautorizaciones con su hijo que su esposa no paraba de repetir. El clima áspero de la casa de Pablo se trasladaba al consultorio a través de las palabras, hilvanadas como dagas que Pablo se sacaba de a una cuando le hablaba a Rubén, mirándolo con sed de cuidado. Pidiéndole alguna pista que le permitiera poner freno a la histeria de su mujer. Pablo hablaba. Rubén flotaba en su escucha.

La boca de Rubén hizo un gesto con la intención de dejar salir alguna palabra acerca del monólogo sufriente de su paciente. En ese prometedor instante la puerta del consultorio se abrió brutalmente. A los gritos, entró un niño de unos cinco años. Con un shortcito rojo, descalzo y sin remera.

- Papaaaá! Mamá no me deja jugar a la Plaaay. Me dijo que te preguntara a vos! Dale, dejame jugar!!!!

El silencio era ruido en los ojos desorbitados de Rubén. Ambos permanecieron callados, mientras Martín miraba a su papá como quien espera una respuesta crucial de la existencia.

2 comentarios:

Mery Larrinua dijo...

me ha gustado tu blog.
un abrazo

Natalia Zito dijo...

Muchas gracias Mery!
Seras bienvenida siempre que pasees por aquí.

Natalia