viernes, 18 de julio de 2008

Dos pacientes, una puerta y un analista transpirando

Bueno, es largo, si. Pero siento que vale la pena. Los invito…

Comenzar siempre es difícil. El propio agitar del deseo en movimiento suele ser un condimento caluroso para algunas situaciones. Aunque valen la pena. Comenzar siempre vale la pena.

Hasta que el fracaso se pone definitivamente en juego, el furor curandi de los comienzos conserva vitalidad. La agonía lleva su tiempo.

Nuestro joven analista estaba embriagado de entusiasmo. Tanto era así que una remota posibilidad laboral a más de treinta kilómetros de su casa, le pareció una gran oportunidad. Los analistas no atienden en los bares, así que necesitaba conseguir un consultorio en aquella zona lejana.
En un edificio de más años de lo que se considera nuevo, un departamento haría las veces de recinto analítico. Era modesto, pero lograba tener algo acogedor, que pronto sería mucho más que eso. De esos lugares en los que uno gustaría quedarse. Pero no tanto.

Lo alquilaba, pero no directamente a su dueño, sino a otros colegas que también atendían allí en otras coordenadas de tiempo. La relación de propiedad al lugar, en esos casos, es precaria. Pero en fin, es lo que hay.

Dispuesto el lugar y creada la oferta, llegó el trabajo remoto, que se convirtió en real con la llegada de la primera paciente.

La sesión transcurre dentro de las habitualidades a las que estaba acostumbrado. Se establece una atmósfera de quejas acogidas, más o menos agradable, que inaugura la chance de un próximo encuentro. Mientras sincronizaban agendas, suena el timbre. Se interrumpe el clima. Es la paciente siguiente. Tendrá que esperarlo en el zaguán, pues no hay portero eléctrico que valga. Las inseguridades frecuentes habían propiciado su abolición. Sólo alguien de carne y hueso podía operar la cerradura. Vuelve al recinto. Luego de ofrecer varias alternativas, encuentran un horario posible para ambos. Comienza la despedida. Vuelve a sonar el timbre, esta vez es el de arriba. Se ve que algún vecino confiado dejó pasar a la desconocida.
Atraviesan juntos el largo pasillo, que por sus paredes amarillas parece más alto y más extenso. Conduce inexorablemente hacia el pequeño hall también amarillo, habitado por una silla destinada a la espera y la puerta de madera.
El analista saluda con un beso a su flamante paciente, al tiempo que toma el picaporte, presionándolo hacia abajo. Se prepara para el topetazo de pacientes. Prontas a movimientos encontrados, una a cada lado de la puerta. Son esos cruces en los que, los pacientes se miran con recelo. Aunque en éste, la relación era demasiado nueva como para los celos. En estas ocasiones el cruce sirve más bien para detectar signos de eficacia terapéutica, captados en el aire, en una mirada, en el perfume, la forma de vestir; cualquier cosa puede ser un indicio de salud o locura irreversible que hacen dudar de la reputación del licenciado.
Sin embargo, nadie estaba preparado para que ese momento llegara después de una multiplicación infinita de segundos.
Los breves instantes que suele durar esa situación se replicarían cientos de veces como para formar unas dos horas, luego de la cual recién se produciría el topetazo.

La puerta no abre. No hay caso, no abre. Las pacientes pondrían a prueba como nunca su condición. Esperarían con paciencia que el novel pero entusiasta analista también pusiera a prueba su habilidad de apertura, en una oportunidad que de tan concreta, angustiaba.
Era un nuevo comienzo, del que sólo anisaba su final. Comenzó por desplegar todas las alternativas de la cerrajeria moderna que a la cabeza le fueron accediendo. Estas tenían la intensidad de la temperatura que su cuerpo iba adquiriendo. Pleno verano. Las gotas de transpiración comenzaban a humedecer parte de su cabello. Intentó girar la llave de mil modos. El movimiento iba siempre de la suavidad a la violencia, y luego volvía a una nueva suavidad simulada, que cada vez le salía peor. Percibió la mirada atemorizada de la paciente, que hacía intentes se iba relajada, habiendo encontrado un espacio de serenidad, y pensó que debía calmarse, aunque fuera un poco. No había manera de frenar las gotas que delataban la adrenalina hirviendo en sus venas.
Comenzó a aceptar que la escena duraría mucho mas de lo esperado. Y pudo pensar más claramente. Se le ocurrió que la cerradura podría funcionar desde el lado de afuera. Contaba con la entusiasta desconocida que a pesar de la circunstancia había decidido permanecer allí. Así que requirió su ayuda. Su voz atravesaría la puerta en forma de instrucciones. Dicen que el psicoanálisis en lo último que consiste es en decirle al paciente qué debe hacer. En este caso, se sintió autorizado a tomar una breve licencia de tales mandatos y rogar no ser juzgado por los más altos exponentes psicoanalíticos. Después de todo ni la justicia penaliza a los presos que intentan escaparse. Él contaba con mejores condiciones. Bien. Le pasaría la llave por debajo de la puerta para que la amable mujer la abriera de una vez! Agachado. Las gotas mojaban el piso del parquet antiguamente plastificado. Mientras trataba de introducir la llave por debajo de la puerta, pensaba. Le estaba entregando la única llave que tenía a una perfecta desconocida, de la que sólo podía tener una certeza. Había ido a visitarlo, sin duda su psiquis estaba comprometida. Pero no podía saber en qué grado. Se le ocurrió que las cosas podían empeorar si esta mujer tomaba la llave y se iba, por ejemplo. Él mismo habría propiciado quedar en manos de una loca desconocida.
Por suerte o por desgracia la llave no lograba atravesar el mínimo espacio que separaba la puerta del piso. A quien se le ocurre tanta precisión en las medidas!
Sentadas a cada lado de la puerta, las pacientes esperaban sin mucho que hacer. Nadie estaba tan nervioso como él. Cada tanto, cuado algo del fragor de su hacer se detenía para desempañar sus lentes transpirados, la que estaba adentro, se animaban a hacer alguna sugerencia. Llamar a un cerrajero, por ejemplo. La idea era excelente, pero era la hora de la siesta. En esos lugares hay que respetar esas cosas. La mayoría de la gente lo hace. No por gusto, es que de tener estos percances, no queda otra que esperar la hora de despertar del cerrajero, o del portero. Si habían pensado en él, sepan que también estaba durmiendo.

Agotadas casi todas las instancias, comenzaron los modos más brutales. La transpiración era una lluvia que hacía gozar a su camisa de varios manchones más oscuros, que según los movimientos se adherían al cuerpo del joven desesperado. Así que los intentos subieron de tono. Se aferraba al picaporte y tironeaba en ambos sentidos como para aflojar la puerta. Para que abriera de una buena vez!
En medio de una verdadera riña con esa puerta, desatada por una claustrofobia descompensada, que ya no podía disimular, un último recurso acudió a su conciencia. Una última oportunidad para no pasar la noche con la paciente.
Llamar a los bomberos, que por suerte duermen pero se levantan, para que administraran los medios del rescate por la ventana del piso doce.
Bueno, lo pensó mejor y había otra alternativa antes. Llamar a quienes eran más dueños que él y tenían otra llave. Era cuestión de llamarlas y pedirles auxilio. Ojala estuvieran cerca. El calor le quemaba las naves, pocas cosas podía pensar con claridad, mucho menos una serie numérica poco frecuentada. ¡Dónde estaban los números!. Y la paciente de afuera que seguía esperando ser atendida. Increíble determinación al análisis. Eso jugaría a su favor a la hora de determinar su diagnostico, pero el analista no podía pensar en eso ahora. Tenía que abrir esa puerta. Del otro lado había una posible delirante insidiosa que en lugar de abrir la puerta podría irse con la llave, o peor, aún cerrarla más. Evidentemente la temperatura determina la condición de las cosas.
Fueron necesarios varios llamados. Una de las colegas no podía ir. No podía! Le pide que llame a otra, se sorprende de la bochornosa situación, pero se desentiende, como si esa cerradura no fuera también un poco suya.
Ultimo llamado, ultima persona, ultima oportunidad. Después, sólo quedaban los bomberos. Atiende, eso en esta profesión ya es una gran cosa. Y no sólo eso, puede llegar! Que suerte! No esta cerca, pero llegará. Al menos podrá pasar la noche con su esposa. Después de atender la paciente de afuera, claro. Que seguía ahí. La otra también, a dónde iba a ir.

La colega llegó. Por fin. El ruido de la llave ingresando en la cerradura desde afuera precipitó nuevamente las palpitaciones del muchacho que durante el rato de la espera se habían apaciguando un poco. Se incorporó de repente. Fue como el antídoto a un veneno que terminaría por matarlo.
De golpe, la puerta se abrió!
Una puerta que no quiere abrirse y sólo admite ser atravesada por las voces, crea la fantasía de un espacio desconocido. Aún cuando se trata del pasillo tantas veces recorrido. El no poder acceder al él, le da el encanto que sólo la fantasía puede ofrecer. Había una magia en la tragedia. La imagen que deja ver la puerta abierta atropelló el hechizo y acabó con todo.

Por fin, despidió a una paciente y recibió a la siguiente. Hundido en sudor. Pero tanta espera no aceptaría excusas. Lo que pudo decirle no sé, pero si sé que la escuchó y que la paciente volvió.

viernes, 11 de julio de 2008

No hay nada peor que no poder escribir.

No parece pero el pen drive, alias pepucho, puede ser crucial. Que bronca haberlo olvidado justo en el momento en que la inspiración era invitada y se disponía a terminar un artículo de grandes elucubraciones teóricas; que tan mezquina presencia habían tenido en los últimos meses.

Después de una sabrosa sesión con el analista, algunos nudos se desatan. No es que suceda en todas, sólo en algunas que gozan de venturosa fortuna. Sale del consultorio con algunas frases que retumban en su cabeza como aquellas pelotas saltarinas de los ochenta. Con poco espacio, eso sí. Piensa en su destino. No con el sentido espiritual del término, pues no cree en ello, sino como resultado de sus meticulosas y precavidas acciones. Que terminan por ofrecerse como obstáculos a un destino deseado, pero también postergado. Es ahí donde siente fervorosos deseos de retomar aquel escrito que tanto le esta costando terminar.

Vuelve al consultorio. Mientras atiende dos o tres pacientes, planea el gran momento. Preparará un te, que no estará ni muy frío, ni muy caliente. El vapor con aroma a frutillas será cuidadosamente acompañado de una madalena que guarda celosamente para ocasiones espacialísimas. Sin duda será una de ellas. Las musas están por llegar.
Una paciente anuncia su ausencia y aporta cuarenta y cinco minutos al inminente gran momento.

La sesión del paciente que daría inicio a la hora de las musas, ha llegado a su fin. Un señor particular que luego de hablar y hablar dice: lo que pasa que hay cosas que yo no quiero ver!. Repite su frase, le pide sus anteojeras y lo despide hasta la próxima semana. El hombre acepta y se va. Guarda lo que era de éste, que nunca más usará; y por fin, el gran momento ha llegado.

Saquito de te en mano, se dirige a la cocina, calienta el agua con la temperatura justa. Mientras observa la formación paulatina de las pequeñas burbujas, piensa en aquellos ribetes geniales que por fin dará a su texto. Y que de una vez, pondrán punto final al trabajo de meses.

El té se calentó demasiado, pero no importa, puede soportarlo. Lo dispone al reposo, mientras enciende su pequeña computadora, especialmente adquirida para estos sutiles momentos de escritura. Como un cazador de grandes momentos. Coloca su añeja madalena junto al humeante de frutilla. Todo está listo. Sólo falta ese pequeño pero gran adminículo que guarda sus letrados tesoros. A decir verdad, lo busca aunque sabe que no lo tiene. Recuerda que la ultima vez que lo vio estaba prendido cual sanguijuela a su pc oficial. Esas que no se mueven y aún se jactan de ser las verdaderas. Sabe que no lo puso, pero lo busca y no sólo eso, se desespera. Apura sus movimientos de un bolso al otro. Pasa por los bolsillos más recónditos, los fondos de los cajones (jamás lo pone ahí), el piso, la entretela del sillón, tal vez en el diván… ¡¿Dónde está el pepucho?! Vuelve al bolso y agita sus manos dentro como un perro que cava un hoyo. Su corazón está agitado y espera un milagro. ¡Que el pequeño aparezca y la ilusión del momento no se quiebre, por favor!
En fin, el bicho no está. No hay más remedio.

Era de esos días en los que sale de su casa muy temprano, para regresar solo cuando el cielo ha agotado sus matices. En la mañana, sus inhibitorias ataduras gozaban de un redoblado vigor. El problema es que este muchacho al que va, su analista, no ha desarrollado sus técnicas completamente y de acuerdo a las necesidades concretas del cliente. Si le desata el nudo de la escritura, también podría coparse y hacer aparecer los elementos precisos para llevarlo a cabo. Porque nuestro pobre héroe de la palabra salió con una cabeza de su casa y luego por la tarde se encontró con otra. Esta última paga los platos rotos de la adormecida mente matinal. ¡No es justo! Por eso, igual escribe. Escribe sobre lo que le falta: ¡el bendito pepucho!

miércoles, 25 de junio de 2008

El gato del analista

Episodios de la clínica psicoanalítica

El paciente se dejaba llevar por la ola de palabras que desbordaban su inconsciente. Tanto que el indeseado e indiscreto gato, parado al costado del diván, pasaba inadvertido.

Había una historia con este gato. El analista, como también es un ser humano, invita a su recinto a un partenaire cuadrúpedo para que lo acompañe en sus solitarios quehaceres. Sabe que no será de agrado para todos sus pacientes. Especialmente considerando su agilidad para treparse a las barrigas de ellos, tendidos en el diván tratando de descular sus traumas más temidos.

Este paciente fue sorprendentemente claro en su respuesta. No solía serlo. Al menos el gato ayudó en algo. Quién lo hubiera pensado. Dijo que el gato no le molestaría, siempre y cuando anduviera por ahí, y no por aquí. Si se sube no me gusta. De acuerdo. La mascota sería llamada a la discreción de la cocina cada vez que la visita de este paciente tocara.
Algunas veces compartían, mirándose con recelo, el intervalo entre pacientes. El gato yaciendo en el diván, dueño de una mirada provocadora, lo contemplaba cual diciendo “tendrás que pasar por mi cadáver para obtener este lugar”. Por fin volvía el gatuno analista y ocultaba tras la puerta la desfachatez del gato para poder comenzar la sesión.

Siempre. Hasta que un día, el gato escapó. Abrió la puerta de la cocina y fue directo a su objetivo: el diván. Algo lo detuvo. En la escena eran tres. El paciente sobre el diván, el analista detrás y el gato. Inmóviles los tres.

A decir verdad, podría haber permanecido allí una eternidad. El paciente flotaba en sus palabras, tanto que el analista podría haberse ido. Siempre y cuando supiera volver en el momento exacto a decir las palabras justas. Sin embargo, el analista es un ser humano. No pudo escapar a la inquietud que le producía su intrépida mascota, a punto de lanzarse sobre su paciente. Invirtió el orden de lanzamientos y decidió ser él quien se lanzaba como quien apuesta a la pesca sin caña, ni carnada. Apuntó con su cuerpo y se lanzó tras él. El felino, más rápido y astuto, se escondió y desafió con redoblada indiscreción. El paciente sobre el diván, el gato debajo de él y el analista en el piso, tratando de manotear al gato. Atrapado en su propia trampa, el analista pide tregua de la escena analítica. El paciente se baja del diván. El señor trata de ayudar en la cacería felina. El dueño del gato lo alcanza. Lo odia pero su reto se parece más a un halago por su picardía. Lo guarda mejor. Vuelve. Vuelven paciente y analista hasta que termina la sesión.

viernes, 6 de junio de 2008

El psicoanalista se funda en un bochorno

Borges tenía un destino literario, lo supo desde muy joven. Se anudó a ello y aceptó que su vida correría por esos campos. El destino psicoanalítico, es decir, alguien que tarde o temprano terminará convirtiéndose en psicoanalista, también es inevitable.
Probablemente las condiciones no sean tan exquisitas. El psicoanalista suele tener un preludio, digamos, bochornoso. Nos arroja del mito popular de que tendríamos la vida resuelta y nos acerca a nuestra tan mentada locura.

La vida del psicoanalista no es fácil. O peor, no fue fácil. Tal vez convertirse en psicoanalista es lo mejor que pueda suceder. De hecho, el analista se la pasa pensando en los problemas de los demás y por fin olvida los propios. Es perfecto.

Triste no es lo mismo que bochornoso. El bochorno es grotesco. Revela la más triste ingenuidad.

Primer día de la colonia. Niños por todas partes. Iban y venían como hormigas. Las cosas casi nunca son como uno se las imagina. El micro naranja había sido un tormento. De pantaloncitos negros y remera amarillo intenso. Un taxi destinado a fracasar, muy bonito pero inhabitable.

La escena siguiente se rodaba en el vestuario. Éste le resultó una obscenidad obligada, a la que la pequeña no estaría dispuesta. No había compartimentos únicos y privados para cambiarse. Qué era eso de mostrar sus menudencias a todas esas locas desconocidas. Así que se encerró en el único cuartito que encontró. Solo ella y el inodoro. Nadie la vio entrar. Debía cambiarse sola por primera vez. Le llevó decenas de minutos encontrarle la vuelta a la mallita (no era como la de las otras nenas, más complicada y más escotada), y luego empaquetar todo ese pelo dentro de la gorra casi del mismo color. Habiendo guardado meticulosamente cada cosa en su bolsito, en mallita, con gorra y vergüenza encima, se atrevió a abrir la puerta. Esperaba que la esperaran, pero no se encontró con las mismas desconocidas. Estas eran otras, más desconocidas y encima más grandes. Casi no advertían su presencia. Sólo algunas la miraban como a un zapallo en una joyería. No lloró. Caminó con su mallita, no pidió ayuda, no se animaba. No entendía cómo había pasado de cenicienta a zapallo en un cuartito.

Llegó a la pileta. La boca del hormiguero. Niños y más niñas entraban y salían del agua con una soltura que tendría que pertenecer a cualquiera de su especie. La pileta era redonda. A su alrededor toallones de cada cual dispuestos como rayos de sol haciendo un circulo al agua, también desconocida. Esta pequeña cenicienta devenida zapallo nunca se había metido en una pileta. Ignoraba datos cruciales como la profundidad. A esa edad el piso es una certeza. En la bañadera el agua nunca podía sobrepasar su nariz, así que la pileta sería una gran bañadera a la que se ingresaba haciendo cola en una metálica escalera.

Desplegó prolijamente su toallón en un lugarcito que pudo encontrar. Miró a los otros niños, entendió que la escena siguiente se rodaba en el agua. Se enfiló detrás de otros pequeños que esperaban su lugar en la escalera. Levantaban uno y otro pie en señal de ansiedad y también para soportar el fresco fuera del agua. Ella hizo lo mismo.

Llegó su turno. Se había formado una larga cola detrás de ella, no había hablado con nadie y sus piecitos ya tocaban el agua, pero no el piso. Otro niño apresuraba la operación para obtener su turno. Ella entendió que tendría que soltar su mano de la escalera y supo en un instante el concepto de altura y profundidad del agua. Sus movimientos torpes no la llevaban a la superficie, su nariz ya estaba llena de agua y su boca ni que hablar. El borde de la pileta estaba lejos, la rigidez del zapallo no ayudaba al desplazamiento. Quiso llorar pero no era el momento. Otra niña flotaba como podía muy cerca de ella. No dudó. Hundió su mano en el hombro de la desconocida, ésta sí grito, la puteo hasta que el agua la tapo, para ese entonces nuestra pequeña alcanzó el borde. La otra volvió a flotar y la odió para toda la colonia. Pudo salir del agua, retornó a su toallón y comenzó a mirar todo desde afuera.
Permanecio allí muchos años.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Entre analistas

Varios, pero un mensaje de texto de una colega, me llevó a escribir este pequeño texto.

La transferencia es cuestión de todos los días. Como tribunales para los abogados, los diarios para el diarero, el estetoscopio al cuello para algunos médicos. Nosotros, los analistas, por suerte no la tenemos al cuello, al menos no todo el tiempo. Pero nos la vemos con la transferencia cada vez que un paciente cruza la puerta, cualquiera sea la dirección que lleve, y todo el resto del tiempo que nos dediquemos al psicoanálisis.

Es sabido, para mí, que mis intrépidos lectores no son sólo analistas. La familia sabe hacer bulto en la desolación, también algún que otro desconocido que con el tiempo se ha convertido en amigo, y algún lector silencioso al que le supongo existencia aún sin pruebas de ello. Todos constituyen mi auditorio imaginario.
En honor a ellos, he aceptado que en este espacio no puedo hablar de ciertas cosas sin explicar de qué se trata. Justamente porque se trata de que se queden. Se trata de la transferencia.

La transferencia es (reduccionismos aparte) aquello que une a dos personas con un lazo particular en el que uno le supone algún saber a otro. En virtud de esa suposición, la palabra del otro adquiere valor. En el terreno analítico, el paciente se convierte en tal, cuando comienza a suponerle a su analista cierto saber sobre sí. Entonces le dirige sus preguntas con la esperanza de que éste le responda. Así, analista y paciente se dan cita en transferencia para que este último reedite sus conflictos en análisis, con el fin de resolverlos y por fin no tener que ver más su analista. En criollo sería más o menos así: si un paciente es avaro con su dinero, es probable que tarde o temprano lo sea con su análisis. En la medida en que esto tome cuerpo dentro del tratamiento es que podrá ser tratado.

Bien, aunque no es de ello de lo que quiero hablar en esta oportunidad, sino de la transferencia entre analistas. Bichos raros, muchas veces embadurnados en elucubraciones espiraladas que pueden dejarnos algo solos. La mayor parte del tiempo lo pasamos con los pacientes, que no están con uno sino con quien suponen que están transferencialmente. Cuando vemos a nuestro analista, estamos con el que suponemos que es y fundamentalmente a solas con nuestro inconciente, así que solos.
Por ello y no por casualidad somos fieles practicantes del lazo por transferencia. Nos agrupamos con otros. Otros bichos parecidos. Obviamente no hablo de la familia o los amigos, y mucho menos de la pareja. Maridos de analistas podría ser el gran título de una novela. Este post le quedaría chico.

Vamos, por fin, a lo nuestro. Los grupos de estudio fueron mi tema en otra oportunidad. Hoy pretendo hablar de una célula mucho más pequeña, de un intersticio, un pequeño texto que enlaza y une, una soledad con otra.

En lugar de dedicarme a la escritura, la pintura hubiera sido más oportuna. Las ideas se me presentan en imágenes clarísimas, que una y otra vez me veo obligada al arduo trabajo de traducirlas en palabras. Para colmo, pareciera que nunca alcanza. Bien lo expresaba el dicho.

Química no fue mi materia predilecta. Para ser honesta, era tan abstracto que no lograba comprenderlo. Que paradoja, no? Sin embargo, conservo en la memoria, la imagen de una profesora rezongona, de labios apretados y ceño naturalmente fruncido que, al costo de refunfuños conservaba intacto su deseo de transmisión (les prometo que voy a llegar punto, sigan leyendo). Así, desesperadamente intententaba conquistar las distraídas mentes adolescentes, dándole consistencia a algo tan abstracto como es la composición química de las cosas.
Un día se apareció con una bolsa llena de pelotitas de telgopor. Las sacaba y mostraba de a una, uniéndolas con bastones de madera que se introducían suavemente en cada pieza. Explicaba su extraño accionar con palabras precisas que detallaban cada ecuación representada. Sin embargo yo sólo conservé la imagen. Recuerdo su rostro gesticulando como una película muda. Cada pelota era clavada por varios pallillos y así conectada con otras similares, que a su vez resultaban conectadas entre ellas, conformando una red de múltiples conexiones. Nunca entenderé el mundo de los átomos, pero aquella imagen sorprende mi memoria para explicar las conexiones que nos unen. Pequeños textos de transferencia. Un mensaje de texto pero no cualquiera, un llamado pero no cualquiera. Se hunden en la esfera sólo aquellos que cobren un valor.

La transferencia entre analistas no es sólo suposición de saber al otro, sino suposición de saber al encuentro con el otro. Porque, sabemos bien los analistas, que ningún saber puede ser portado por uno sólo (1). Compartimos un saber que en verdad se sostiene en el intervalo. Se trata de la apuesta, sorpresiva o voluntaria, a lo enriquecedor del encuentro. Allí se teje un texto que se hunde en las esferas de manera tal que no sólo conecta sino que modifica a ambas, convirtiéndolas en parte de una red tan particular que conserva las singularidades, sin abolir los efectos de la pluralidad; en la que justamente se funda el valor de estar con otros. La esfera no deja de estar sola, ni deja de estar unida con otra y otras, en un intervalo fruto de la transferencia.

Para concluir, por fin, no quisiera dejar de compartir una curiosidad. Mientras buscaba la imagen para estos párrafos, ya con el texto escrito, me enteré de que en química la unión de átomos se explica por transferencia de electrones. Además la propiedad más importante del átomo de carbono es su capacidad para formar enlaces.
Tal vez conservé más que las imágenes.

(1) Lacan, J. “Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad”, en Intervenciones y Textos 2. Manantial.

sábado, 26 de abril de 2008

Elena sabe

Novela. De Claudia Piñeiro. Editorial Alfaguara. 2007

No soy una gran lectora de novelas, sin embargo no es la primera vez que esta autora me atrapa en sus páginas. Perfectamente hilvanadas con un suspenso que apresura su lectura.

El saber de Elena es un imán que atrae, que por momentos contagia y que estrella al lector con un crudo final que pone en tela de juicio el saber de una madre. De esta madre. De una hija que no pudo ser madre. De otra mujer que no quiso ser madre.

Todo el relato se destaca por su meticulosidad y crudeza. Algunas escenas abusan de ello, obligando a sacrificar ciertas líneas que como una pintura lograda, transmiten una imagen difícil de soportar. Probablemente sería otro escrito si se privara de tales impresiones.
Algunas lecturas sobre Claudia Piñeiro, me han dejado saber que la inspiración de la novela nació en una imagen. Las palabras dispuestas según su lógica singular vuelven a componer aquella imagen cual si fuera un rompecabezas. No hay modo de borrar las suturas de cada pieza y es justamente allí donde el lector encuentra una hiancia para crear su propia imagen.

Cada palabra escrita es un detalle más en la visita que el relato ofrece a la patológica relación que sostienen Elena y Rita, su hija. Una vez allí, no es difícil sentir la rigidez, la falta de aire, la escasa distancia entre ellas.
Un saber que en ocasiones llega a ser tan absoluto que no puede más que rozarse con la muerte. La muerte del deseo. ¿De quién? Basta leer el libro para saberlo.

viernes, 25 de abril de 2008

¿Desangustiar?

Fuente: Extracto del artículo de Éric Laurent, titulado "Desangustiar?", en Mental N° 13 de diciembre de 2003, p. 21-23. Traducción: María Inés Negri · Virtualia Revista Digital de la Escuela de Orientación Lacaniana (www.eol.org.ar/virtualia)

Un poco de seriedad... un tema interesante por Eric Laurent. Dejemos hablar a los que saben... NZ.

Una pregunta así no se formula más que a partir del psicoanálisis. La medicina no se la plantea. Va de suyo, en medicina, que el síntoma es al que se trata de hacer desaparecer. La angustia es un síntoma como otro que hay que hacer desaparecer. El psicoanálisis, por una parte, no encara apuntar a la eliminación de los síntomas más que una vez que su función ha sido establecida y por otra parte distingue la función de la angustia de la del síntoma. Plantear la pregunta de desangustiar separa de entrada al psicoanálisis y al tratamiento médico. Para el médico, el psicoanalista enmascara su impotencia bajo una retórica de la función del síntoma. Para nosotros, no se trata solamente de retórica. Es la misma paradoja que encontramos que opera en el acto fallido. Un acto no logra mejor su éxito que en su fracaso. Pero esta proposición no va sin su corrección lógica. La proposición no es recíproca. No basta con fallar en una acción para que sea un acto como tal.

(...)

Si las grandes corrientes post-freudianas divergían respecto de la angustia, se encuentran del mismo lado respecto a una segunda indicación freudiana diferente de la posición médica: no hay que desculpabilizar al sujeto. La posición psicoanalítica se separa así netamente de la que aboga por la desculpabilización del sujeto por razones humanitarias.

¿Por qué no desculpabilizar? No es solamente porque Freud era muy prudente en desbloquear las barreras de la civilización. Es porque se trata de alcanzar por la culpabilidad la división del sujeto. El psicoanálisis constata que el sujeto neurótico es siempre culpable de gozar y de existir, lo que Freud llamó la culpabilidad inconsciente. Freud separaba de este modo psicoanálisis y psicoterapia mientras esta se acercaba al ideal médico, buscando reducir la culpabilidad.

¿Cuál es entonces la alternativa a desangustiar? ¿La angustia no indicaría ella misma un punto crucial para el sujeto? El estatuto particular de la angustia entre los afectos ha sido subrayado por Freud, y Lacan la formuló de manera condensada de la siguiente manera: la angustia es un afecto que no engaña. Guía al sujeto neurótico hacia lo real. Para el sujeto neurótico, si no hubiera angustia, todo no sería más que un teatro de sombras. El sujeto histérico reduce el mundo a sus semblantes y sus intrigas, el obsesivo ve el mundo detrás de un velo. Ambos se encuentran exiliados del sentimiento de la vida.

Si la angustia no engaña, es porque ella plantea la buena pregunta, la del deseo. Uno se angustia cuando no sabe lo que el Otro quiere de nosotros. Es en este sentido que la angustia no es sin objeto. La presencia del Otro como tal está en causa. Lacan vuelve legible las evoluciones de la teoría freudiana de la angustia. Desde los primeros trabajos sobre la neurosis de angustia hasta Inhibición, síntoma y angustia, la angustia es presencia del deseo del Otro como tal.

Desangustiar quiere decir, que se trata a la vez de introducir una pregunta sobre el deseo e interpretar el deseo que está en juego. Algunas orientaciones analíticas destacan la necesidad de una alianza terapéutica con el sujeto bajo el modo de un contrato. La verdadera alianza para Lacan no es la alianza "terapéutica", es la interpretación como tal, que instala la transferencia. Lacan muestra releyendo el caso de Dora y del hombre de las ratas, que Freud interpretaba enseguida, especialmente la angustia. Esta interpretación inaugural es aislada por Lacan como "rectificación subjetiva". En este sentido, "desangustiar" es coherente con la orientación dada en la "Dirección de la cura", texto publicado a comienzos de los años 60. Esta práctica está explícitamente en las antípodas de la orientación annafreudiana.

Desangustiar consiste entonces, en hacer surgir la pregunta por el deseo, pero ¿cómo? Podríamos decir que la vía regia para interpretar el deseo es hacer consistir el síntoma. Se puede tanto más desangustiar cuando se logra hacer consistir al síntoma. A la inversa, cuando el síntoma no consiste, no se llega a poner un punto de capitón a la angustia.