viernes, 28 de noviembre de 2008

Y...

... esta maldita inspiración que no para de llevarme para otro lado.

Y bueh, está claro que el deseo no es decisión sino aceptación. Se trata de dejarse llevar por aquello que no puede ser otra cosa y dejar de tirar para el lado que no es.
Igual, sigo confiando en que volveré. Millones seguro que no seré, pero al menos unas líneas para el lado del psicoanálisis.

jueves, 23 de octubre de 2008

No es lo que piensan...

No es que no me guste, no es que esté cansada, no es que esté aburrida, no es que esté estresada, no es que ya no quiera, lo que pasa es que no puedo despegar mis dedos de este maldito teclado!!!!

Para quienes no las conocen, lo anterior es una humorada con un fantástico tema de las Blacanblues.

En fin, no es que haya abandonado mi blog, nada de eso. Es que no puedo estar más que invadida por otras escrituras que no vienen al caso de este espacio y una vez más caigo presa de mis propias ideas. Realmente no me agradan los blog que pierden el hilo. En fin, no les garantizo nada. No es uno quien lleva al hilo sino a la inversa, de modo que veré qué resulta.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Jornadas Anuales Mayéutica Escobar · Edipo de Freud a Lacan ·

En un sábado lluvioso, inusualmente frío para Septiembre, se llevaron a cabo las Jornadas anuales, corolario del Seminario Edipo de Freud a Lacan, que abordando temas diversos, todos los años tiene lugar en el Hospital Erill, de Escobar.

En un clima de permanente y desestructurado jolgorio, donde los narcisismos individuales dejaban paso al orgullo de venir sosteniendo un espacio tan interesante hace nada menos que once años, tuvimos la dicha de escuchar muchas voces. Fue por ello un encuentro de singular riqueza.

Luego de gratos agradecimientos, la primera mesa fue un espacio de historias. Contadas por sus analistas, atravesados por una o más preguntas que emanaban de los propios tropiezos con los que nos deleita la clínica. De un joven obsesivo a otro psicótico al que la mamita le compraba hasta los calzoncillos, pasando por un niño realmente comprometido en su desarrollo madurativo al que era necesario construirle un padre, hasta llegar a una mujer en carrera con los hombres.
Hacia el final de la mesa sucedió algo inesperado aunque no por ello, menos sensacional. La colega, que entusiasmada leía con énfasis su trabajo, dio vuelta la página y se encontró con la tan mentada hoja absolutamente en blanco. Con el grado de casualidad que conocemos los analistas, olvidó imprimir la ultima parte del trabajo. El olvido suscitó la genial aparición de su enunciación. Ante la obligada necesidad de contarnos el final del cuento enriqueció su decir con la luz de sus elucubraciones preparadas pero espontáneas.

Café con medialunas y encendidas charlas de pasillo, mediaron entre una mesa y otra. Quienes siguen las piezas de escritura que componen este espacio, saben que considero este momento como el más fecundo de los encuentros. Este caso no fue la excepción.

La segunda mesa versó más sobre la teoría, aunque también tuvo algo de la historia, muchas veces necesaria para dar cuerpo a los conceptos.
La siesta impuesta a una niña y su recurso a la fantasía para soportar tamaña imposición abrió el marcador. Para no abandonar el tema de los niños, pero desde una mirada más abarcativa, el segundo trabajo abordó las cuestiones capitalistas y las condiciones de la enseñanza de hoy. Luego de ello, siguiendo en la línea de los niños, pero desde otra perspectiva, un debate acerca del valor de un embarazo en una adolescente. Largo pero interesante rato se debatió acerca de su posible conceptualización como acto, acting, actuación o simple acción. Por suerte, sin elementos para concluir, sirvió de motor para rápidas pero precisas colaboraciones sobre la diferenciación entre ellos.

Para finalizar la parte formal del encuentro el presidente de Mayéutica tenía la palabra. Todas ellas versaron sobre una de sus primeras frases: la transferencia implica una lectura. Fue exactamente eso lo que fue tejiendo a medida que nos donaba sus palabras. Una lectura acerca de cada presentación, aprovechando la ocasión también, para aportar sus propias ocurrencias.
No está mal que un encuentro de estas características finalice en torno a la transferencia. Justamente porque es esa la red que sostiene todo el encuentro, y más aún, lo que posibilitó la mejor parte: el almuerzo posterior a la vera del río. En medio de copas y deliciosos platos la conversación se permitió volar a cuestiones tan lejanas al psicoanálisis como cercanas a la vida de cada uno de los que estuvimos allí.

sábado, 30 de agosto de 2008

Una oreja en oferta

Un simple borrador

Los psicoanalistas tenemos fama de ser vendedores de orejas. De los mas viles comerciantes inescrupulosos, capaces de vender el mismo objeto a una docena de personas en el mismo día. Siempre airosos de encontrar ávidos compradores, que regresan una y otra vez a solicitar el mismo bien.

Como toda fama siempre es dudosa y si no lo es mejor convertirla en ello. ¿Qué venden en la oreja y que compran los que compran?.

Los psicoanalistas saben mejor que nadie que con la oreja sola no se va muy lejos. Puede ser un dulce para el comienzo pero si se insiste en su oferta sin ofrecer algo mas junto a ella, las cosas no tardan en complicarse. ¿Por qué? Bueno, porque la oreja que se compra se paga hablando, sino que existencia tiene?! Hablar no es sin consecuencias y al cabo de un tiempo sus efectos comienzan a hacerse sentir. Las palabras se ofrecen como masa a un cincel, que cobra sus impuestos de no presentarse a tiempo.

Vendemos la oreja. Eso es fatalmente cierto, pero aunque parezca raro no es eso lo único importante. La oreja es el simple transistor de la cosa. La verdadera materia prima es el propio inconciente. Es desde allí que se escucha y se habla, o ninguna de las dos cosas. Las palabras son protagonistas, pronunciadas o no, son ellas el cincel capaz de hundirse en la masa.

Por eso cuando vaya a comprar una oreja, fíjese si además el buen señor tiene palabras, de esas que solo brotan despues de una atenta escucha.


domingo, 10 de agosto de 2008

Relato del día de Soledad

Un cuento triste

Trabajar en un loquero puede ser verdad para un analista. Hay palabras más complacientes: neuropsiquiátrico, hospital de crónicos, manicomio incluso. Lo cierto es que las cosas que pueden suceder allí tienen la magnitud de sus paredes. Y el efecto de ellas en quienes las habitan guarda similitud con ello.

Un fin de semana largo es un oasis para privilegiados que vuelven luego de él con aire renovado en sus oídos. Aún más renovado que otros, pues el analista de hoy es joven y entusiasta. No se ha curado del furor curandi. Cree firmemente que su escucha puede cambiar las cosas. Apuesta hasta lo que no tiene para demostrárselo a él mismo y a los viejos cansados que dan por perdidas algunas luchas que podrían sostenerse aunque más no fuera, por el qué dirán.

Luego de atravesar un pabellón -el mejorcito de todos- accede al clásico jardín de película. Frondosos árboles visten finos senderos circundados por grandes extensiones de césped pobladas con bancos de plaza, que en este caso no lo son. Todo ese escenario no está vacío. No sería de película si no tuviera a las desastradas mujeres circulantes y medio desorbitadas que siguen a los transeúntes de aspecto más normal, pidiendo aunque sea una muestra del mundo de los cuerdos. Un cigarrillo, una moneda. Algunas, a costo de alaridos ensordecedores plagados de palabras vacías, canciones, o brutales insultos. Aunque sólo en algunos casos y exclusivamente para caras nuevas.
Una vez atravesado el jardín, un nuevo pabellón es contorno. Escaleras interceptadas por rejas y vigilantes van dando paso a este Maxwell Smart de la psicología. Llega por fin al consultorio. Que no es su consultorio. Faltarían miles de años para poder tener el suyo. Por ahora solía encontrarse allí con otros pocos entusiastas como él. Algunos del palo de la psiquiatría más o menos abierta a las cuestiones de la escucha y alguna que otra asistente social, tan requerida en todos los rincones del hospicio.
Con luz natural, en el pequeño recinto y mientras revolvía la pila de historias clínicas, le pregunta a uno de sus compañeros: dónde está la historia de Soledad. Con una sonrisa que hubiera sido causa suficiente para una trompada de haber podido reaccionar, éste le responde: pasó a mejor vida. Dale, no hagas chistes, donde ésta. El desubicado palmó en silencio y la colega que oficiaba de maestra gracias a sus canas y sus buenas intenciones con este novato, desfiguró su rostro con un gesto que de tan duro y doloroso hizo que el aire se aplomara, anunciando una noticia que jamás podría ser alentadora. Y fue ahí que el primer garrotazo de su carrera caería sobre su cabeza como una de las primeras peores noticias que recibiría en su vida. Soledad se ahorcó. Todo aquel aplomo se atornilló a sus rodillas. Rígido, cayó sentado con una sensación que de tan fuerte perdía realidad. Pedía a gritos sordos que no fuera verdad. No puede ser verdad. La muerte no puede ser, pero es.
Aquel fin de semana oasis, Soledad había decidido hacer crudo honor a su nombre. Un pacto. De los más macabros que la mente humana consigue elucubrar. Una a una irían abandonando el mundo en soledad, pero Soledad fue la primera y no tendría garantía de sus seguidoras. No le importaba. Su vida había sido tan dura que sus veinte años le quedaban chicos. En la eternidad, al menos no existían los manicomios, los proxenetas, las prostitutas, los huérfanos, el hambre, las drogas.

El día estaba tan radiante que el analista tardaría muchos años en comprender por qué alguien puede renunciar a esa luz. No por pérdida, sino por un desinterés tan absoluto que el deseo de morir es el mejor decorado.
Todas las vidas llegan a su final en algún momento. Es probable que la sabiduría este en reconocer ese momento. No para cambiarlo, sino para aceptarlo.

viernes, 8 de agosto de 2008

Las zapatillas del analista

Los fenómenos enloquecedores no solo suceden entre analista y paciente. Poco y nada se habla de las relaciones entre pacientes. De un mismo analista, claro está. De otro modo qué sentido tendría. Se nos abriría el mundo entero al texto. Sería demasiado para este propósito.
La fantasía de ser el único paciente es tan frecuente como imposible. El pobre analista tendría que alternar los horarios de este pobre paciente también, con la recolección de cartones o las changas como plomero en su edificio. Qué gran paradoja sería que quien destape los caños de la casa sea el mismo de quien se espera la posibilidad del gran destape. Al menos por ahora nadie me ha reportado una historia tal.

El fugaz pero contundente encuentro entre pacientes sucede en las resquicios del análisis. En esos breves momentos en los que la cosa analítica parece suspenderse. En la sala de espera, en el topetazo cuando el analista abre la puerta y se encuentra con que el siguiente y entusiasta paciente ya está allí, en la puerta de entrada, cuando quien baja ya tiene vista esa cara que siempre está ahí agazapada, esperando. Y no mucho más. Pisada la vereda, ya son dos personas comunes y corrientes. Bueno, dejando por fuera la situación de que dos amigas sean pacientes del mismo analista por recomendación de una de ellas y directamente entablen cenas en su nombre, especialmente dedicadas a reír a carcajadas de todas las impurezas del pobre diablo. Ese es otro cantar.

El análisis es el mundo de las fantasías y de ellas no está exento todo lo que anda alrededor. Los instantes en los que se cruzan los pacientes son suficientes para construir grandes y coloridos globos aerostáticos.
Si el paciente es relativamente nuevo y se cruza con otros puede entender que algo bueno debe hacer para que todas estas personas circulantes quieran verlo al menos una vez a la semana. Funciona como un alentador de confianza, una invitación a la transferencia. Aunque sólo dura un tiempo. Si el tratamiento prospera, esos mismos otros se convierten ser peligrosos enemigos, duros competidores o filosos aliados de ironía y cinismo.

En cuanto el turno del paciente anterior extiende sus minutos por encima de los que corresponden al siguiente sufriente, cosas por el estilo pueden emanar. Esta no paraba de hablar, por qué no se mide un poco, no sabe que estoy acá esperando?. A mi analista le debe interesar más lo que dice él, por eso pasa más tiempo con ese paciente que conmigo. Este paciente le debe pagar más, por eso le dedica más tiempo a él. Las cosas que le pasan deben ser más graves que las mías, claro yo vengo por cuatro boludeces, a quién le puede importar.
Tanta conexión con esos desconocidos, que no verlos hasta podría generar un vacío tal, que en alguna oportunidad podría cambiar el tenor de los pensamientos. Upa! Mirá este muchacho, nunca lo había visto, no está nada mal. Además si viene a mi analista debe ser un tipo interesante, como yo. Lástima que ya se fue y yo tengo que entrar. No da preguntarle a mi analista por él. Aunque pensándolo bien, quién mejor que él para obrar de celestino. Conoce cada desliz, cada imperfección, cada temor y cada virtud. Podría hacer andar el engranaje con solo diseñar un plan de acción. Sería cuestión de proponérselo y mata dos pájaros de un tiro.

La sala de espera puede ser origen de grandes pasiones, aunque no todas del mismo estilo. Algunos analistas que cuentan con ella, cuentan también las catástrofes que ésta puede albergar. Las miradas furtivas pueden ser más oscuras de lo que aparentan, sobre todo dependiendo de quién elijan para posar sus garras.
Se miran con recelo imaginando quién puede estar peor. Quién es más gorda o más flaca, cuan cumplidor pueden ser con su analista. Se miran, se radiografían. Hasta que un día deciden hablar. El ocaso del analista está más cerca de lo que nunca había estado. Vos te atendés con fulana también, no? Si. Hace mucho? Bueno, hace algunos años, bastante bien, estoy algo mejor. Si, yo también. Viniste el martes pasado? Si. ¡Viste las zapatillas que se puso! Ambas se fundieron en una risa ensordecedora que sellaría el tema de cada nuevo encuentro fugaz. Con un tono que se iría incrementando proporcionalmente al ocaso paulatino, lento y doloroso de ese analista que de ser el gran destapador, termina por ser un pobre tipo abandonado. Bueno, hasta que sale del consultorio.

domingo, 27 de julio de 2008

Alberto Laiseca estuvo en Escobar

La presencia de un escritor es tema del mundo del psicoanalista. Ciertamente sí. Al menos para este analista.

En un encuentro organizado entorno al Café, Laiseca barajaba sus palabras con cerveza. Para él, no es venganza sino ironía y humor como única defensa posible.
Al menos cuatro vasos fueron necesarios, incluyendo el derramado, mientras el sabio de gran bigote intentaba responder a sus interlocutores. De pronto y preso del susto que le causó el responsable de aquel sonido, desparramó el frío dorado sobre el mantel. Disculpándose con gran respeto.

Cautivó a la audiencia con un crudo decir sobre su historia, sobre sus comienzos como escritor y su falta de talento por aquel entonces. Que el lujo del encuentro no hizo más que abandonar en viejos tiempos.

Un libro puede cambiar a un hombre. A sus 20 años “El manantial”, de Aynd Rand cambió su vida. No tiemblan sus palabras y mucho menos al asegurar lo que supo en aquel entonces: literatura o nada.

Sin tapujos habló de su padre, que a pesar del daño que le causó tuvo la virtud de transmitirle el interés por la lectura. De allí y seguramente de otras experiencias ofrece su mirada crítica sobre los maestros.
El maestro aparece sólo cuando el alumno está preparado. Pero advierte: el que da también quita. Y con la misma convicción asegura que son asesinos seriales de sus protegidos. Aunque sin duda, vale la pena correr el riesgo. Yo agrego, habrá que saber abandonarlos a tiempo. Como a los padres.

Laiseca detenía el aire con sus palabras firmes, de un tono gauchesco por momentos, que nunca dejó de acompañar con una mirada sincera pero sufrida que se posaba en los ojos atentos del interlocutor que pudiera sostener semejante firmeza.

Respondió y agradeció el intercambio con quienes lo escuchábamos. Posible no sólo por el interés de quienes nos llegamos a la biblioteca, sino por su simpleza y magnífica ironía que sabía dar cuenta de lo que no le agradaba pero al mismo tiempo habilitaba a la próxima jugada.

A pedido del público no se arriesgó privarnos del placer de seguir escuchándolo en una de sus grandes virtudes. Contar cuentos. Parecía haber recordado al azar un relato que marcaría no sólo el final del encuentro.

Una madre desesperada por su hijo, en un mano a mano con la muerte; alcanzó los rincones más heridos de esta humilde comentarista desprevenida.