martes, 31 de julio de 2007

¡Basta de Intentar!

¿Por qué tantos textos escritos por psicoanalistas repiten incesantemente el verbo “intentar”? No sin molestia, me encuentro en más de dos textos -en el término de un mismo día- con frases como: “intentare abordar”, “intentare situar”, “intentamos hacer un breve recorrido”, etc., etc.
Luego de leerlo por tercera vez, tuve la certeza de que se trataría de cierto semblante profesional. Entonces, no pude dejar de preguntarme: por qué los psicoanalistas intentamos tanto, en lugar de hacer y punto.

Anteponer el aviso que se está intentando, siempre aporta la categoría de ensayo al hecho. Un resguardo.
Pienso que hago algo pero digo que lo intento por las dudas. Si alguien se topa con mi escrito y considera que no hago lo que digo que estoy haciendo, avisé que simplemente lo intentaba.
O bien, me autorizo a hacer algo a medias y digo que es un intento para que nadie me reclame por las omisiones vertidas. En ese caso, por qué no decir: hago esto poco porque no necesito ir más allá y que lo lea quien quiera. Que lo tome a quien lo cause.

Intento” como sustantivo o como verbo, no sólo sería un resguardo sino también pretensión de existencia de cierta totalidad posible (hago un intento, del todo que habría que decir, digo un poco. Después no me digan que no avisé).
Los psicoanalistas ya deberíamos saber que no hay un todo. Aquellos que hacen los análisis profundos, rigurosos, reunidos con toda la información disponible; en verdad, no están en ningún lado. Igual que la gente feliz.

Con semejante aversión, el efecto en mí ha sido el impedimento absoluto para continuar la lectura en cada texto que tropecé con alguien que sólo intentaba.

¡Corro a revisar mis letras!

viernes, 27 de julio de 2007

Mi Enseñanza · Autor: Jacques Lacan

Editorial Paidos. Año 2006

El lugar, lo que hay y lo que fue

Este libro alberga, representa con su simple existencia, una de las grandes paradojas del psicoanálisis, al menos en mi humilde entender. Será por ello, que compone la colección “Paradojas de Lacan”? No creo.

Lacan fue un gran creador de escenas, interesantes, ricas, sarcásticas, enigmáticas; también de teorías, muy útiles por cierto.
Se ha ocupado en extenso de la cuestión del padre como concepto. De la posición ante él. De su muerte simbólica o no. Con ello (y con algunas cosas más) ha convocado el interés de miles de psicoanalistas en el mundo. Que lo han tomado como padre, como garante, no sé. Si esto fuera así, entonces no podríamos negar la paradoja. Estudiamos y nos analizamos para aceptar que no hay tal Padre y sin embargo colgamos su foto en el consultorio. No es que lo diga yo, es él (señalando su retrato). O bien, le hacemos escribir aquello que no escribió, que dijo y se olvidó.

En “Mi Enseñanza” título irónico por cierto, se lee alguien que habla. Le habla a otros en tres oportunidades recortadas en la publicación que me habita. La primera en un asilo en Lyon, que es seguido por un diálogo con el filósofo Henri Maldiney. Luego vierte sus palabras para internos de psiquiatría, en Burdeos y más tarde en la Facultad de Medicina de Estrasburgo.

Me place transcribir algunos de sus dichos.

“… Si hay gente que se alista en este asunto infernal que consiste en ir a ver un tipo tres veces por semana durante años, es porque, pese a todo, la cosa tiene en sí cierto interés…”

“… En efecto, mi enseñanza es simplemente el lenguaje, absolutamente ninguna otra cosa…”

“… Es muy raro que algo que se hace en la Universidad pueda tener consecuencias, puesto que la Universidad está hecha para que el pensamiento nunca tenga consecuencias…”

“… Ellos se preguntan por qué mis Escritos se han vendido. Yo soy amable, cuando un periodista me pregunta esto, me pongo en su lugar, le digo -Estoy como usted, no sé-..."

“… Al final es preciso que el analista sepa él mismo eliminarse de este diálogo como algo que cae, y que cae para siempre…”

Ahora, luego de transcribir las citas, he pensado que si hay alguien que ha dicho cosas interesantes en diversas oportunidades y no las ha plasmado en escritos, editarlos eventualmente resulte productivo.
Si es así, es probable que el título del libro me haya despertado un pensamiento que me topo cada vez que me encuentro con escritos de aquellos que cuelgan el cuadro de su Padre en el consultorio.

viernes, 6 de julio de 2007

Lo que he leido

Un comentario o critica de un libro no tiene por qué ser un recorrido meticuloso sobre todas sus partes. Un recorte de alguna frase, alguna imagen, algo que permanezca en la memoria, que de vueltas, que interrogue, que guste, es suficiente para disparar una nueva escritura sobre esa que ya existe. La crítica no puede escapar a ser un recorte. Quién dice de qué extensión debiera ser éste.

Este post pretende ser la inauguración de una suerte de sección que dará cuenta de mis lecturas recientes. No todas, sólo aquellas que me inviten a escribir.

Lecturas e interpretaciones sobre esas lecturas forman parte de eso que se me antojó llamar “mundo del psicoanalista”. El psicoanálisis ha sido y es, el pasadizo que me presenta otras artes. Principalmente la escritura y la literatura. No sé si un analista puede ser sin eso, evidentemente yo no. Supongo que por ello elegí como pieza inaugural el libro Escribir, de Marguerite Duras.

Escribir · Autora: Marguerite Duras

Editorial Tusquets. Año 1993

La primera parte es la mejor. No sin avisar me centraré en ello más que en otras cosas.

La escritura parece ser uno de los modos más eficaces de permanencia incluso luego de la muerte. Deja una marca imborrable que torna al autor, inmortal.

Con frases cortas y seguras, a veces seguidas de preguntas, otras no, Marguerite Duras escribe sobre cómo escribía, sobre la compañía de la escritura en su vida. Plasma en sus letras la soledad de la escritura, pero invita al lector a un paseo por su casa, el lugar donde podía esconderse para escribir libros. Supongo que no es esa, una compañía que perturbe la creación. Es también un paseo por el dolor, la desesperación, el amor y la muerte.

Transmite, sin proponérselo creo, que la creación es a partir de una falta. Allí, donde sin metáfora mediante, un sujeto podría ahogarse en la bebida, ella escribe. Si algo falta, entonces se puede desear y el deseo, en este caso, la hace escribir.

Escribir, de Marguerite Duras me resulta una invitación a la escritura. Produce aquel efecto fugaz vivido cuando uno tiene la oportunidad de escuchar esas risas tan genuinas y contagiosas, que uno termina riendo también. Qué sería sino la transmisión, un sujeto causado por algo, entusiasma a otro, casi por casualidad.

miércoles, 6 de junio de 2007

Crónica de alguien que no hace lo que quiere.

Supongo que no se llega a hacer lo que uno quiere en línea recta. Como tantos otros, yo también he habitado otras escenas, que sin premeditarlo, me han arrojado allí. Pero siempre desde el mismo lugar: la escritura. Entre viejos y casi abandonados petates, resistió este escrito. Fruto de años pasados, cuando evidentemente no encontraba placer en lo que hacía, salvo cuando escribía.

Un sonido anuncia el comienzo del día, los oídos se hacen los distraídos, pero en la batalla de las agujas gana el deber. Ordena a los ojos la mirada. Luego viene el agua que ayuda un poco en la tarea. Más tarde los vestidos que sirven de disfraz para un buen payaso que cubre con pintura la nada que guarda en su interior.

El transporte da el tiempo suficiente para ultimar los detalles de la careta, antes de rodar la larga función del día. Están aquellos que sólo miran, otros que demandan brillos en la oscuridad y los que ayudan a que la función siga adelante.
Por suerte al mediodía vale no actuar y está permitido derramar una lágrima si fuera necesario para luego poder volver a empezar.

Con maquillaje retocado y nuevo perfume, la función vuelve a empezar por cuatro o cinco horas más, dependiendo de la demanda del público. Hasta que por fin, ellos aceptan que todo acabe por hoy y dejar algunas inquietudes para el día que sigue.
Nuevamente el transporte, que ahora sirve para ir desdibujando aquello que se inventó en la mañana. Aunque nunca es posible quitar todo. Un payaso siempre es un payaso, aún cuando está con quienes lo quieren. Les brinda también un poquito de la función que jugó ese día. Esta vez acepta su ruido y permanece en silencio para revelar completamente su tristeza. Así pasan cuatro cortas horas que luego le dan el pase para dejar caer el disfraz y quitar el maquillaje. Vuelve a programar el sonido para un nuevo amanecer, se acuesta y llora por saber que esa nada es una inmensa tristeza por tener el significado tan lejos de sus manos, por saber que no alcanza con querer. La nada sería todo, solamente si lo quisieran.

(*) Imagen: El payaso Triste (oleo). Manuel Parreño Rivera. Pintor con el Pie (España)

sábado, 2 de junio de 2007

Reuniones de Equipo (entre psicoanalistas...)

Que no todo puede ser dicho es cierto. Ahora que no todo quiera ser dicho es otra cosa. No todo los silencios son para pensar, algunos son para omitir. Se me ocurre que algunos encuentros institucionales descansan sobre esta travesura.

La “reunión de equipo” invita ineludiblemente no sólo a profesionales sino también a las ligaduras institucionales que los convocan. Desde la misma o distintas disciplinas, se reúnen para entretejer alguna cuestión, con la obligada oportunidad de asistir a una variedad de situaciones, reconfortantes y no tanto.

En principio tiene un carácter social. Un encuentro casi siempre semanal con las mismas personas, supone la creación de cierto entramado farandulezco al que me he referido en alguna oportunidad. Hasta allí es apacible y agradable tener una excusa profesional para hablar de las frivolidades de la peluquería, pero dentro de un marco científico. Eso sí, cuando las anécdotas banales le dan lugar al trabajo, se habla de trabajo. Aunque no se apresuren en imaginar un trabajo productivo y enriquecedor. Solo algunas veces el comentario imaginario y el juicio personal colectivo le da paso a la construcción colectiva, que es absolutamente otra cosa.

También suceden otras cosas, que suelen ser las mas oscuras. Por inherente complejidad, pero a veces también por mala intención. Lo institucional como tal, cobra protagonismo con frecuencia y suscita agitados, tensos, pero interesantes debates. Allí no todo debe ser dicho, una palabra de mas podría descubrir tejes y manejes institucionales que nunca debieran ver la luz. No obstante, lo oculto pero evidente suele hacer reflejo y la gente termina por inferirlo (casi como el material latente y manifiesto). Aunque la inferencia no se convierta en dicho necesariamente. A veces sucumbe también a la picardía de la omisión consciente. Por distintos motivos: astucia, obsecuencia, hipocresía, algunas veces también timidez o falta de coraje. Así es como algunos intersticios institucionales gozan de un vivaz entramado oculto que da lugar a escenas cuyo repertorio es determinado no sólo por lo dicho sino también por este bagaje oculto, casi inconciente pero con conciencia. Algunos eligen escribir para desenmascararlo, allá ellos.

sábado, 26 de mayo de 2007

Escribo porque no lo puedo evitar.

Leyendo otras razones, me topé con una pregunta cual si retornara de lo real: y yo, por qué escribo?
El aire se detuvo, la mirada fija en la pantalla, millones de razones rodaban por mi cabeza. No era ninguna y eran todas al mismo tiempo. Más tarde, afortunadamente sucedió. Sobrevino la precipitada necesidad de la palabra de ser escrita. Y simplemente la dejé. Viene cuando uno no sabe. Exige bajo amenaza de retirarse, para siempre tal vez. Quién lo sabe. Lo mejor resulta de la entrega al empuje irremediable de que lo que tiene que salir, salga. Y bien, aquí estoy, mediando entre la palabra pensada y expresada.

Qué es lo que pugna por salir? Sencillamente esto. Lo que se lee. Un primer escrito que no lo es, pero que de algún modo sí. Que inaugura y habilita el paso a otros escritos. Mi tránsito no puede ser sin escritura. No puedo evitarlo.

Por ello escribir sobre la cotidianeidad de los psicoanalistas, en esta oportunidad, es una manera de representar mi realidad. Es un intento de entenderla, un deseo, un anhelo, un obstáculo. Por qué? porque la palabra escrita opera distinto. Produce una vuelta más, que normalmente es positiva. Y supongo que tiene principio pero no final.
La letra es un más allá, no calculable. Una vez que está escrito pierde pertenencia, incluso intimidad. Quienes la tomen harán de ella lo que les plazca. Y saben qué? todo eso hace la historia más liviana.

Supongo también que este escrito aún no esta terminado, no obstante este espacio es mi borrador compartido.